El océano costarricense está tejido por mujeres
En el Día Internacional de la Mujer 2026, compartimos tres historias de vida inspiradoras que nos recuerdan que el mar no es solo paisaje: es vocación, es comunidad y es vida.
El océano.
Ese vasto cuerpo azul que contiene infinitas experiencias, y es atravesado por historias profundamente singulares, tejidas con convicción, resistencia y una relación íntima con él.
Al igual que las mujeres, el océano es el soporte vital de nuestro planeta. En este Día Internacional de la Mujer, tres voces nos recuerdan que el mar no es solo paisaje: es vocación, es comunidad y es vida.

Andrea Montero Cordero
Fundación Pacífico
Hay decisiones que empiezan en silencio. En su caso, comenzaron en las pozas de marea de una playa del Pacífico costarricense. Desde bebé, Andrea visitaba ese mismo lugar con su familia; no recuerda la primera vez que vio el mar porque creció dentro de él, como si el océano hubiera sido siempre una extensión del hogar.
En las llamadas “mareas bajas”, cuando la marea se retira y deja al descubierto pequeños universos intermareales, nació su curiosidad científica. Observaba organismos atrapados en charcos temporales, percibía los cambios en el comportamiento de la fauna cuando aumentaba el turismo, notaba cómo el ritmo de la comunidad costera se transformaba con los años. Ahí entendió que el océano no es solo biología: es interacción.
Años después, esa intuición se formalizó en la Universidad de Costa Rica, donde estudió Biología con una formación integral que la obligó a mirar más allá del mar: bosques, ecología de poblaciones, hongos, sistemas terrestres. Ese recorrido no la alejó del océano; le dio herramientas comparativas y confirmó que su lugar estaba en lo marino.
Su tesis analizó el comportamiento de los delfines y los posibles efectos del turismo. No buscaba romantizar la conservación, sino entender tensiones reales: economía local, visitantes y necesidades de las comunidades costeras. Desde temprano, quiso trabajar en la intersección entre ciencia y comunidad.
Tras fundar una organización dedicada a cetáceos y tortugas, y colaborar con distintas instancias técnicas, llegó a la Gerencia de Conservación de la Fundación Amigos Isla del Coco (Faico). Era la primera vez que la organización abría un puesto técnico de esa naturaleza. El contexto era desafiante: Costa Rica apenas rondaba un 3% de protección efectiva de su territorio marino, lejos de la meta internacional del 30%.
Entre 2018 y 2021, coordinó estudios científicos y análisis socioeconómicos y políticos que respaldaron la ampliación del área marina protegida alrededor de la Isla del Coco. No se trataba sólo de “proteger más”, sino de justificar técnicamente los beneficios que traería para diferentes usuarios del mar costarricense, el poder gestionar una zona más amplia. Para esto fue necesario dialogar y entender la posición de sectores técnicos, turísticos, pesqueros, autoridades y cooperantes internacionales.
Cuando habla de sus hitos, menciona haber sido parte de ese momento histórico en que el país decidió ampliar su ambición marina. Menciona la satisfacción de saber que, sin el liderazgo técnico que Faico asumió en ese momento, el proceso habría tardado más.
Hoy, desde espacios regionales en donde promueve la economía azul en comunidades costeras y como parte de la asamblea de Faico, insiste en que el liderazgo estratégico necesita más voces femeninas, pues sabe que los avances en equidad no son lineales.
“Hay que mantener claro el norte”, dice, “y continuar incomodando cuando sea necesario”.
Su historia es la del mapa que se expande. La del porcentaje que se transforma en política pública. La de una niña curiosa que terminó ayudando a redefinir el territorio marino de un país.

Yenoris Obando Sequeira
Directora Escuela Playa Torres, Isla Caballo
Doña Yenoris no soñaba con el mar. De hecho, le temía. De niña tuvo una experiencia que casi culmina en ahogamiento. Durante años evitó entrar al agua.
Su formación fue en psicología; su afinidad, la gestión administrativa y la acción social. Vivía en el continente cuando vio un reportaje en la televisión: una escuela en una isla del distrito central de Puntarenas llevaba meses sin dirección. Nadie quería asumir el reto.
Ella sí.
La plaza implicaba viajar cada semana en panga hacia Isla Caballo, una isla ubicada en el Golfo de Nicoya en la que, durante años, no habría electricidad estable ni agua potable. El trayecto dependería del humor del clima y algunas mañanas ella experimentaría olas que se levantaban por encima de la embarcación. Ella aceptó.
Todos los lunes, doña Yenoris sale antes del amanecer rumbo a la Escuela Playa Torres, donde funge como directora. El transporte privado le cuesta alrededor de 25.000 colones por trayecto, gasto que cada docente debe cubrir. Debe trasladar sus propios alimentos y agua potable. Vive en la casa destinada a profesores y regresa los viernes por la tarde para atender compromisos institucionales.
La isla enfrenta pobreza extrema, limitadas fuentes de empleo y baja escolaridad histórica. En la escuela, no hay espacios formales de recreación; improvisan canchas y gestionan, como pueden, materiales didácticos. Durante años, las comunidades de Isla Caballo soportaron el calor sin agua y sin electricidad. El día que instalaron paneles solares, gracias a un proyecto implementado por estudiantes del Tecnológico de Costa Rica, pudieron encender un abanico y lloraron de alivio.
Para doña Yenoris, el mayor desafío no fue logístico, fue comunitario.
En una isla donde el mar es sustento económico y eje cultural, la escuela debía convertirse en algo más que aulas. Con 36 estudiantes y 15 personas adultas mayores en proceso educativo, asumió que su rol era también uno de liderazgo comunitario. Integró la educación ambiental como eje transversal: jornadas de limpieza de playa, manejo de residuos plásticos, respeto a la veda y conciencia sobre la pesca responsable.
Con el tiempo, algo cambió en ella. Ha aprendido a mirar el mar con respeto, no solo con temor.
Durante los viajes de los lunes, empezó a tomar fotografías del amanecer. A observar delfines y admirar a las tortugas que avistaba en el trayecto. A bañarse en el mar después de quince años de evitarlo. Aprendió a invocar al mar, a pedirle que se porte bien antes de cada travesía.
“La isla me armonizó”.
Su historia no es la de una mujer que nació amando el océano. Es la de una mujer que decidió no dejar que el miedo definiera su aporte. Y que encontró, en esa decisión, un propósito más amplio: acompañar a una comunidad invisible para muchas autoridades y recordar que el agua, la naturaleza y la educación son derechos que se defienden todos los días.

Yessenia Madrigal Quesada
Guardaparque, Parque Nacional Isla del Coco
Desde niña, sin haber conocido el mar, su dedo se detenía en un punto del globo terráqueo: la Isla del Coco. No sabía por qué. Solo sentía atracción. En el colegio nocturno Juan Santamaría, un profesor le asignó una página al azar de un libro. Al abrirla apareció el nombre de Jacques Cousteau y la frase que definía a la isla como “la más linda del mundo”.
Aquella coincidencia quedó grabada.
Aprendió a nadar a los cuatro años. De niña observaba peces a través de una botella de vidrio y se imaginaba viviendo en el mar.
“No me corre sangre, me corre agua salada”, dice con convicción.
Años después, tras 17 años de voluntariado ambiental y trabajo en corredores biológicos, ingresó al Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC) el 1° de noviembre de 2018. Su tarea inicial era administrativa: archivar, digitalizar documentos, ordenar informes. Entre los expedientes asignados estaba el del Parque Nacional Isla del Coco.
Poco después, 10 días exactamente, le informaron que debía viajar a este pequeño punto verde en medio del Pacífico. La Isla del Coco no le era ajena. Recordó su experiencia previa como voluntaria en la cocina del parque, una práctica común para muchas mujeres que desean integrarse.
En la isla, en Bahía Chatham, se encontró frente a la piedra dedicada a Cousteau…y lloró. No era solo emoción; era la sensación de que una intuición infantil había encontrado su lugar.
Su labor como guardaparque es administrativa: control de combustible, registro de entradas y salidas de embarcaciones, informes de jornadas. Trabajo minucioso que sostiene la operación del parque. Con el tiempo, el equipo se volvió familia.
Al ingresar, recuerda que solo había dos mujeres. Los roles estaban marcados: ellas limpiaban y cocinaban; ellos patrullaban y navegaban. Esa distribución comenzó a transformarse. Hoy hay más compañeras jóvenes en mar y montaña; hombres colaboran en cocina y logística. Durante emergencias, recuerda la solidaridad femenina trasladando alimentos y medicamentos a zonas altas, y su propio papel manteniendo comunicación con el continente y documentando cada acontecimiento.
Se siente realizada a nivel personal, familiar y profesional. Ha vencido miedos. Ha confirmado que las mujeres pueden desempeñar cualquier tarea en áreas protegidas si se les da espacio y confianza.
Su mensaje es simple y contundente: no se limiten. El miedo es un disfraz. Sueñen en grande y trabajen con humildad.
Un entramado de historias
Una amplió el mapa marino desde la ciencia y la política pública.
Otra transformó una escuela insular y convirtió el miedo en diálogo y oportunidades.
La tercera custodia una isla oceánica y ayuda a redefinir los roles dentro de un parque nacional.
Tres historias distintas, un mismo océano.
Un océano que exige estudios e indicadores de impacto para comunidades.
Un océano que se atraviesa en panga cada lunes al amanecer para formar a niñas, niñas y jóvenes.
Un océano que se patrulla y se protege desde una oficina en medio del Pacífico.
En cada una hay algo en común: la decisión de no limitarse por expectativas ajenas. De asumir puestos que nadie quería. De sostener procesos largos y, a veces, invisibles. De trabajar por el océano con el corazón, sin renunciar al rigor.
El océano costarricense, desde sus comunidades costeras hasta la remota Isla del Coco, está tejido por mujeres que estudian, educan, administran, lideran y navegan.
No es un azul uniforme. Es una trama de historias que, al entrelazarse, revelan algo más profundo: que la conservación marina también es una historia de mujeres que decidieron quedarse, avanzar y construir futuro en el mar.